Bocinas. Gente preocupada. Corriendo sin saber por qué.
Obras, ruidos de máquinas.
Los autos casi que te pisan. Y no piden perdón.
Cruzar toda la calle con el semáforo en rojo es una especie de desafío casi imposible de lograr.
Esa sensación de ser un peatón más en la avenida más ancha del mundo ya no la tenía.
Mi andar era distinto, la velocidad era la misma, pero en cada paso que daba veía algo diferente, miraba con ojos de ver. Sintiéndome especial a medida que avanzaba.
Fue ahí cuando de repente vislumbre este hermoso árbol en medio de tanto cemento. Tenía una luz especial, sus flores de un color rosa tan intenso se mezclaban con las que habían caído al piso formando una especie de espejo que lo hacían brillar aún más.
Me quede parada frente a él, observándolo por largo rato, sintiendo esa paz que transmitía a pesar del caos en el que vive. De casualidad tenía la cámara encima. Bueno, de causalidad.
Hacía ese camino todos los días, al volver del trabajo, siempre estuvo ahí y nunca lo había visto. Y si, definitivamente cuando mi andar empezó a alivianarse, mi corazón a ablandarse, mi mente a aquietarse es cuando mi realidad empezó a cambiar. Lo cotidiano y rutinario se había convertido en un descubrir diario, todo era cuestión de verlo con otros lentes.
Ahí es cuando terminé de entender que cuando se anda por la vida con una sonrisa, más y más sonrisas empiezan a aparecer, como un efecto contagio. Y que recién sintiéndome así mis ojos eran capaces de ver algo tan hermoso en medio de tanta incoherencia.
Creo que ese es el gran desafío, hacer de lo cotidiano algo nuevo y sonriente cada día.
Los invito a pasar cuando anden por esas calles, debe estar llenándose de flores por estos días.
Dani :O)
1 comentario:
Lindo texto, linda foto.
Me gustó la observación de andar caminando con ojos de ver.
Publicar un comentario